¿Cómo te gustaría ser recordado?
El 3 de septiembre de 1864, en un galpón a las afueras de Estocolmo, en Suecia, un joven de 21 años llamado Emil estaba preparando nitroglicerina…

El 3 de septiembre de 1864, en un galpón a las afueras de Estocolmo, en Suecia, un joven de 21 años llamado Emil estaba preparando nitroglicerina. Trabajaba a pedido de una empresa ferroviaria que necesitaba explosivos para perforar un túnel. Y de pronto, esa nitroglicerina explotó, matando a cinco personas, incluido a Emil.
El dueño de ese lugar era el hermano mayor de Emil, un químico llamado Alfred. Y para él fue un golpe durísimo, porque acababa de perder a su hermano menor en un experimento suyo. Pero en vez de abandonar este experimento, hizo lo contrario.
Se propuso resolver justamente el problema que había matado a su hermano. Porque hay que entender qué era lo que estaba persiguiendo. La nitroglicerina era muchísimo más potente que la pólvora, pero tenía un problema enorme.
Era tan inestable que explotaba prácticamente sola, con un movimiento brusco, con un golpe, con un cambio de temperatura. Ahora, servía para todo, pero no se podía trasladar ni manipular sin arriesgar la vida. Y eso era exactamente lo que había pasado en ese galpón.
Así que Alfred se trasladó a una zona aislada, lejos de la ciudad, y siguió probando. Y en 1866 lo consiguió. Mezcló la nitroglicerina con una tierra porosa y logró que quedara estable, manejable y transportable.
A eso lo llamó dinamita. Con ese invento se hizo millonario, llegó a tener 355 patentes a su nombre. El problema es que la dinamita, que él había pensado para túneles, para minas, para abrir caminos, terminó usándose también para lo otro, para la guerra.
Y su nombre empezó a quedar asociado a eso. Años después, en 1888, murió otro de sus hermanos, Ludwig, que estaba en Francia. Y ahí un diario francés lo confundió y creyó que el que había muerto era Alfred.
Y publicó un obituario. Cuenta la leyenda que al enterarse, Alfred quedó horrorizado porque el obituario decía el mercader de la muerte ha muerto. Y según se cuenta, esto lo cambió todo porque Alfred acababa de leer, estando vivo, exactamente cómo lo iba a recordar el mundo cuando de verdad muriera.
Y en 1895 firmó un nuevo testamento y dejó cerca del 95% de su fortuna para crear unos premios anuales que reconocieran a quienes hicieran los mayores aportes a la humanidad, incluido uno destinado a quienes trabajaran por la paz. Alfred murió al año siguiente y en 1901 se entregaron por primera vez los premios que llevan su apellido, los premios Nobel. Claro, ese Alfred era Alfred Nobel y hay que aclarar que su obituario nunca se encontró.
Pero sí hay cartas que confirman que él sí leyó un obituario que anunciaba erróneamente su muerte. Y lo que pensó Alfred quizás es algo que todos hemos pensado alguna vez. En cómo seremos recordados cuando ya no estemos.
Y la pregunta del día de hoy apunta precisamente a eso.
Tema del Día se emite de lunes a viernes en Radio Somos, dentro de Arriba la Quinta.