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Radio Somos · Tema del Día · 15 de octubre de 2026

¿Has alguna vez conservado un objeto más tiempo de lo que debías?

En 1982, mientras una familia de Monreal se preparaba para irse a vivir a Estados Unidos, el hijo mayor empezó a vaciar el congelador que tenían. Pero…

Por Radio Somos
¿Has alguna vez conservado un objeto más tiempo de lo que debías?

En 1982, mientras una familia de Monreal se preparaba para irse a vivir a Estados Unidos, el hijo mayor empezó a vaciar el congelador que tenían. Pero cuando llegó a unos pequeños frascos de vidrio con una sustancia blanca adentro, su papá lo detuvo. Le dijo que comprara hielo seco y los metiera dentro de un recipiente de helado.

Después escribieron encima no comer. Cerraron el congelador con cinta adhesiva y lo subieron así al camión de la mudanza. El hijo sabía que aquello venía del laboratorio de su papá y le advirtió que probablemente no era legal cruzar la frontera con eso.

El papá le dijo que lo empaquetara de todas formas. Ese papá se llamaba Suren Segal y era microbiólogo. Y para entender qué estaba escondiendo hay que volver a 1964, cuando una expedición médica canadiense llegó a Rapanui para estudiar a sus habitantes y su entorno antes de la construcción del aeropuerto.

Uno de los científicos de esa expedición, Georges Nogradie, recogió cientos de muestras de tierra. Algunas terminaron en el laboratorio farmacéutico Ayerst, en Monreal, donde trabajaba Segal. Y en una de ellas, su equipo encontró una bacteria que producía una sustancia capaz de detener el crecimiento de hongos.

La llamaron Rapamicina, por Rapanui. Segal siguió estudiándola y descubrió algo inesperado. También frenaba esta bacteria la multiplicación de células del sistema inmune y mostraba actividad contra células tumorales.

Hoy, eso puede sonar prometedor, pero entonces su capacidad de disminuir las defensas del organismo parecía arruinar sus posibilidades como medicamento contra los hongos. Pero en 1982, Ayerst decidió cerrar el laboratorio de Monreal y ordenó eliminar los materiales de investigación que ya no iban a continuar. Entre ellos estaba la Rapamicina.

Segal, sin embargo, se negó a dejarla desaparecer. Rescató el material del laboratorio, lo llevó a su casa y terminó guardándolo en ese congelador que su familia trasladó hasta Nueva Jersey. Así pasaron unos cinco años, hasta que, a finales de los 80, los trasplantes de órganos estaban creciendo y uno de sus grandes problemas era precisamente evitar que el sistema inmunológico reconociera el órgano nuevo como algo extraño y lo atacara.

Segal volvió entonces donde sus jefes y propuso estudiar aquella sustancia descartada, la Rapamicina. Sus jefes le dijeron que sería fantástico, pero que era imposible porque esas muestras habían sido destruidas. Ahí Segal tuvo que confesarles que no todas habían sido destruidas y que él tenía una muestra, que de hecho seguía funcionando.

La investigación se reactivó y en 1999 la FDA, la agencia estadounidense encargada de autorizar y supervisar medicamentos, aprobó la Rapamicina, también llamada Sirolimus, para prevenir el rechazo en trasplantes de riñón. Después encontró otro uso importante en la cardiología. La Rapamicina empezó a utilizarse para recubrir algunos stents coronarios, unas pequeñas mallas metálicas que se introducen dentro de las arterias del corazón para mantenerlas abiertas.

La Rapamicina ayuda a impedir que las células crezcan demasiado alrededor del stent y vuelvan a estrechar la arteria. Y eso ocurrió gracias a que durante cinco años Suren Segal conservó en el congelador de su casa una bacteria descubierta en Rapa Nui que su propia empresa ya había dado por perdida. Y de eso queremos hablar hoy.

De esas cosas que uno decide guardar, sostener o seguir intentando incluso cuando para los demás ya no tiene futuro.

Tema del Día se emite de lunes a viernes en Radio Somos, dentro de Arriba la Quinta.

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