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Radio Somos · Tema del Día · 16 de octubre de 2026

¿Alguna vez te funcionó algo sin ninguna explicación?

En septiembre del 2004, Gina Guise, de 15 años, empezó a notar que algo raro le pasaba en la mano izquierda. Primero fue un hormigueo, lo bastante leve…

Por Radio Somos
¿Alguna vez te funcionó algo sin ninguna explicación?

En septiembre del 2004, Gina Guise, de 15 años, empezó a notar que algo raro le pasaba en la mano izquierda. Primero fue un hormigueo, lo bastante leve como para pensar que se le había dormido. Pero unos días más tarde, mientras jugaba a voleibol, comenzó a haber doble.

Después llegó el cansancio, el dolor de cabeza y con los días comenzaron también los temblores. En menos de una semana, una molestia menor se había convertido en algo que sus médicos no lograban explicar. Le hicieron exámenes, pero no encontraban la causa.

Hasta que su mamá recordó algo ocurrido aproximadamente un mes antes. Durante una misa, un murciélago había empezado a volar dentro de la iglesia. Una persona consiguió derribarlo y Gina, que quería ayudarlo, tomó el murciélago para sacarlo afuera, pero el animal la mordió en el dedo índice izquierdo.

Cosa a la que no le dieron demasiada importancia. Lavaron la herida con agua oxigenada, no fueron al doctor y se olvidaron del asunto. Gina fue trasladada a un hospital en Milwaukee, donde la recibió el infectólogo Rodney Willoughby.

Para entonces, apenas podía hablar, tenía problemas para mantenerse en pie y finalmente tuvieron que conectarla a un respirador. Y el diagnóstico confirmó lo que más temían. Rabia.

Y a esas alturas de la enfermedad, era prácticamente una sentencia de muerte. La vacuna puede impedir que el virus llegue al cerebro si se administra después de una exposición, pero una vez que aparecen los síntomas, la rabia es casi siempre mortal. Sus padres preguntaron si quedaba algo por hacer y Rodney les habló de una idea.

Revisando casos anteriores, había encontrado que los cerebros de algunas personas muertas por rabia mostraban sorprendentemente poco daño físico. Tal vez, pensó, el virus no destruía el cerebro, sino que alteraba su funcionamiento durante el tiempo suficiente para matar al paciente antes de que sus propias defensas pudieran controlar la infección. Así que propuso inducir a Gina en un coma y mantener su cuerpo funcionando mientras su sistema inmune ganaba tiempo.

Gina permaneció sedada durante siete días. Y cuando sus médicos comprobaron que los anticuerpos que ya tenía al llegar habían aumentado, comenzaron a disminuir la sedación. Pero al despertar, sus pupilas respondían a la luz y prácticamente nada más.

Rodney, el doctor, llegó a temer que hubiera conseguido mantenerla viva, pero atrapada dentro de un cuerpo que ya no podía mover. Hasta que aparecieron pequeños reflejos y lentamente Gina comenzó a recuperar el movimiento. Sobrevivió.

Y aquel tratamiento pasó a conocerse como el protocolo de Milwaukee. El problema es que cuando intentaron repetirlo en otros pacientes, la mayoría murió. Además, empezaron a aparecer casos que complicaban todavía más la explicación.

En 2009, una adolescente de 17 años en Texas se recuperó de una probable rabia sin ser inducida a coma ni necesitar cuidados intensivos. Y al año siguiente, investigadores que estudiaban comunidades de la Amazonía peruana encontraron anticuerpos contra la rabia en 7 de 63 personas. 6 de esas 7 recordaban haber sido mordidas por murciélagos.

Entonces hubo que volver a mirar el caso de Gina, porque cuando llegó al hospital, su organismo ya estaba produciendo anticuerpos y además nunca consiguieron detectar el virus en ella. Quizás el coma le dio el tiempo que necesitaba para sobrevivir. O quizás Gina era una de esas rarísimas personas cuyo organismo podía defenderse de una manera que todavía no comprendemos del todo.

Y es que a veces las cosas terminan funcionando sin explicación aparente. Es parte del misterio de la vida, es parte de las cosas que suceden y que muchas veces no podemos explicar. Y de eso queremos hablar hoy.

Tema del Día se emite de lunes a viernes en Radio Somos, dentro de Arriba la Quinta.

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