¿Alguna vez hiciste algo a tu manera sabiendo que te podía costar caro?
En febrero de 1998, durante los Juegos Olímpicos de Invierno de Nagano, en Japón, una patinadora francesa de 24 años se preparaba para realizar la última…
En febrero de 1998, durante los Juegos Olímpicos de Invierno de Nagano, en Japón, una patinadora francesa de 24 años se preparaba para realizar la última presentación de su carrera. Estaba lesionada, arrastraba una antigua rotura del tendón de Aquiles y apenas podía caminar. Los médicos incluso le habían recomendado abandonar la competencia, pero ella estaba decidida a salir a la pista.
Se llamaba Suriya Bonali y aquella noche haría algo que estaba estrictamente prohibido. Pero, para entender su decisión, hay que retroceder varios años hasta Niza, en el sur de Francia. Suriya había sido adoptada cuando era una bebé y creció practicando gimnasia y patinaje artístico.
Tenía una capacidad física extraordinaria, sus saltos eran potentes, arriesgados y muy distintos de los que acostumbraban a verse sobre el hielo. El público la adoraba, sin embargo, había un problema. Los jueces no parecían compartir ese entusiasmo.
Aunque reconocían su capacidad técnica, constantemente le descontaban puntos por su estilo artístico. Suriya era negra en un deporte dominado por patinadoras blancas. Algunos atribuían sus calificaciones al racismo, otros sostenían que simplemente le faltaba elegancia.
Ella misma reconocería años después que nunca pudo saber cuánto influyó cada cosa. Y aunque ganó cinco campeonatos europeos consecutivos, el título mundial seguía escapándose. Cambió de entrenador y modificó su manera de patinar para adaptarse a lo que los jueces esperaban de ella.
Y en 1994 llegó al campeonato mundial de Japón como una de las grandes favoritas. Su principal rival era la japonesa Yuka Sato. La competencia fue tan ajustada que el resultado terminó decidiéndose por cinco votos contra cuatro.
Y ganó Sato. Suriya quedó segunda y durante la ceremonia de premiación, entre lágrimas, se negó a subir al podio. Y cuando finalmente aceptó recibir la medalla de plata, se la quitó del cuello.
Y el público comenzó a abuchearla y la prensa la criticó duramente. Y aquí volvemos al inicio de esta historia. Cuatro años después, en Nagano.
Suriya sabía que serían sus últimos Juegos Olímpicos. Y durante su presentación, el dolor de su pierna le impidió realizar los saltos que tenía preparados. Entonces tomó una decisión.
Se impulsó sobre el hielo, saltó hacia atrás. Tiene una vuelta completa en el aire y aterrizó sobre un solo patín. Era un salto mortal hacia atrás.
Una maniobra prohibida desde los años 70 que nadie había conseguido completar de aquella manera en unos Juegos Olímpicos. El público, por supuesto, estalló en aplausos, pero los jueces la penalizaron. Suriya terminó en el décimo lugar y se retiró de las competencias.
Sin embargo, su salto pasó a la historia. En 2024, la Federación Internacional de Patinaje volvió a permitir aquella maniobra. Y en febrero de 2026, durante los Juegos Olímpicos de Milán Cortina, el estadounidense Ilia Malinin realizó un salto mortal que fue celebrado por el público y la prensa internacional.
28 años después, aquello por lo que Suriya Bonalia había sido castigada estaba permitido. Y su historia nos recuerda que hacer las cosas a nuestra manera a veces tiene consecuencias, especialmente cuando significa desafiar lo que los demás esperan de nosotros.
Tema del Día se emite de lunes a viernes en Radio Somos, dentro de Arriba la Quinta.





