¿Qué cosas que antes eran normales hoy parecen absurdas?
El primero de enero de 1913 comenzó a funcionar en Estados Unidos un nuevo servicio de correo que permitía enviar encomiendas de varios kilos. Hasta…

El primero de enero de 1913 comenzó a funcionar en Estados Unidos un nuevo servicio de correo que permitía enviar encomiendas de varios kilos. Hasta entonces, el correo estaba pensado principalmente para cartas y paquetes pequeños, pero ahora las familias podían despachar productos mucho más pesados pagando una tarifa según la distancia y el peso. El reglamento decía cuánto podía pesar una encomienda y cuánto había que pagar por ella.
El problema es que había algo que nadie había considerado. En ninguna parte decía que lo que se enviaba tenía que ser un objeto. Y resulta que pocas semanas después una familia de Ohio decidió aprovechar este vacío.
Querían enviar a su hijo pequeño. El destino era la casa de su abuela que vivía a poca distancia y descubrieron que hacerlo como una encomienda costaba apenas 15 centavos, así que pagaron las estampillas correspondientes, aseguraron al niño por 50 dólares y se lo entregaron al cartero. Esta costumbre no quedó ahí porque durante los años siguientes aparecieron varias historias parecidas, sobre todo en zonas rurales.
Los niños, eso sí, no viajaban metidos dentro de un saco ni mezclado con las cajas. Normalmente quedaban al cuidado de los trabajadores del correo ferroviario y viajaban con ellos en el vagón postal hasta llegar a destino. Para algunas familias tenía sentido.
Un pasaje de tren podía ser mucho más caro que mandar una encomienda. Y además en muchos pueblos el cartero era alguien conocido que pasaba todos los días por las mismas casas y en quien las familias confiaban. El caso más famoso ocurrió el 19 de febrero de 1914.
Una niña llamada May Peerstorf tenía casi 6 años, pesaba unos 22 kilos y sus padres querían enviarla desde Grangeville, en Idaho, hasta la casa de sus abuelos en Lewiston, a más de 100 kilómetros. May estaba justo dentro del límite de peso permitido para las encomiendas, así que sus padres pagaron 53 centavos y las estampillas fueron pegadas a su abrigo. Después la subieron al tren y viajó en el vagón del correo acompañada por un pariente de su madre que trabajaba ahí.
Esa misma noche llegó hasta la casa de sus abuelos. Para entonces el correo ya empezaba a darse cuenta de que quizás había un problema con la forma en que estaba escrito el reglamento. Ese mismo año el director general de correos ordenó que los seres humanos dejaran de ser aceptados como encomiendas.
Pero todavía hubo algunos casos. En 1915, por ejemplo, una niña hizo un viaje de más de mil kilómetros entre Florida y Virginia pagando una tarifa postal de apenas 15 centavos. Después de eso la prohibición terminó por imponerse y mandar niños por correo dejó de ser una posibilidad.
Durante unos pocos años, sin embargo, hubo familias estadounidenses que descubrieron que para mandar a sus hijos a visitar a un pariente salía mucho más barato ponerles estampillas que comprarles un pasaje en tren. Y esta historia nos ayuda a abrir la conversación y hablar de cosas absurdas como esta que antes ocurrían y que eran normales y que estaban permitidas y que nadie parecía alarmarse por ellas, pero que hoy parecen absurdas, son derechamente ilegales o pueden provocar algún tipo de problema.
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